jueves, 24 de abril de 2008

EL MÁQUINA






















POR LUIS MIRANDA VALDERRAMA
ILUSTRACIÓN: FRANCISCO JAVIER OLEA

Mi apellido es Elgueta y jamás pensé en ser famoso. Por el contrario, siempre busqué el anonimato como modo de expresión de vida. Desde pequeñín evité los actos en el colegio y a pesar de tener el potencial de ser el mejor o el peor de mi curso, decidí que al mimetizarme al color más neutral e imperceptible de todos, un blanco invierno gastado, sería mi elemento de distinción máxima. Entonces me dediqué a ser un gallo tranquilo y quitado de bulla. Cero por ciento recordable. Yo era el más anónimo, el perico que nadie hecha de menos en la foto: una brisa en otoño o un baño sin olor. Encontraba que eso me otorgaba espacio y tiempo en la misma vida que los demás agotaban al tratar de figurar. Y en cambio yo, Elgueta, compadre, era un ser invisible en un mundo célebre. Hasta que se cruzó en mi vida ese cabezón infame. Tenía que comer y ganarme la vida. Un tío me llevó a la televisión y me puse a trabajar como tramoya porque había estudiado esa especialidad en el liceo industrial. Y comencé a plantar clavos en escenografías de todo el canal. Un día tuve que hacer una tómbola gigante para Sábados Gigantes: algo que fuera lleno de luces, con papel de aluminio, muy colorido y que llamara la atención. No debía parecer una tómbola construida por un carpintero sino que una máquina espacial diseñada por la NASA. Quedó bonita, empezaron a hacer más aparatos extraños y me designaron para que las construyera siempre yo. Entonces pasó. Un concursante movió una palanca que debía accionar una tremenda tómbola con luces y el mecanismo no partió. El mecanismo era yo que comenzaba a girar el armatoste de manera manual. La famosa tecnología era mi brazo, pero no pude escuchar la orden del cabezón y la tómbola no se movió. Ahí fue el instante de mi perdición: la fama tocaba la puerta de mi casa y me empezaba agarrar para el hueveo. "¿Qué pasa con la Elgueta Machine, ah?", preguntó el cabezotas. "Es que tenemos un ingeniero que construyó esta máquina, y no funciona". La gente se reía en el estudio, y mis compañeros también. "Elgueta Machine", dijo el cabezón y "Elgueta machine" fue a partir de ese instante y para toda la vida, mi apodo. Cada vez que una tonta consola o máquina o luz no funcionaba, era porque la "Elgueta machine" había fallado. Ahí comencé a hacerme conocido, sufrí bromas y una familia del barrio me pidió que hiciera una "Elgueta machine" para un cumpleaños. Dejé el trabajo y años después, por una curiosidad del destino, me hice relojero. Evité que se nombrara mi apellido. Todos olvidaron mi pasado por la TV. Me conocían simplemente como Don Julián. Cuando me preguntaron qué nombre le iba a poner al negocio, lo pensé por un minuto y luego tuve la respuesta. Llegué a mi casa, corté un pedazo de madera y con pintura negra, escribí: "Relojería El Máquina". Y alrededor pinté un reloj con muchas luces, como si lo hubiera diseñado la NASA.

7 comentarios:

Ñoña memoriona dijo...

Pensar que muchos harían hasta lo innombrable por haber tenido ese chispazo...

+o+ dijo...

hola, me gusta todo este trabajo.

éxito

Amparo Phillips Mardones dijo...

Ese dibujo me dejó looooooooca!, bello bello bello!
Te pasaaaaaaaaste, no será musho digo yo?

amparo (la alumna --------)

Lulet dijo...

Me encantó.

Salud!

la jose montero dijo...

que buena dupla, luchito y mi ex profe olea.
Saludos a los dos
La Jose

jose Elgueta dijo...

creo que me llega esta historia de manera distinta al resto jajaja
por lo demas una muy hermosa historia
saludos

Flo dijo...

muy buena historia, me encantó el blog. Saludos !